jueves, 9 de octubre de 2014

Poesía LVII

Sombras de eclipse

Llego a buscarme porque siempre está presente lo infinito,
porque estaba, en mi ausencia, olvido o retorno, en el tuyo, en el nuestro.
Las vorágines de los hechos, las emociones, la influencia de los astros.

Los planos del tiempo se deforman porque viene una curva en la trama,
porque un nudo concentra la energía, porque el universo respira y le toca exhalar.

La letra que enciende la acción de la voz que se nutre, silenciosa, poderosa,
murmurando en silencio al oído invisible, cambiando caminos por laberintos,
sonrisas por reclamos, abrazos por empujones… acaba en suspiros.

Detrás del cristal opacado, el sol espera a ser descubierto, otra vez.
Cuando las nubes se mueven el cielo está, en sus lapsos tan extensos.

La experiencia va tallando el cuerpo, las gotas, los hilos de la magia,
el corazón aprende, la piel recuerda, los ojos buscan demasiado,
la mente devora, cada rayo, cada onda, cada impulso hasta el olvido.

El vómito desaforado de palabras anarquistas golpea contra los muros,
mil acciones no evitan que su fuerza lo arrase todo, transformando el instante.

Es un mar deforme y sin sentido el campo de luz a la deriva,
las fuerzas de los astros nos arrastran o nos elevan, pero vienen a recordar
que somos todo en la unidad y que en el yo somos simples moléculas en orfandad.

Un recuerdo, la confianza, muchos días de subir esa montaña
para llegar a la cima y ver del otro lado la misma infinitud eternamente.

Esperar a que pase la tormenta, debajo del sauce, a orillas del río,
sembrando, cantando, durmiendo, dejando que el tiempo se vuelva liviano,
buscando este vuelo de letras paridas en el espacio sin límite de la consciencia.

Sé que estás. No necesito escucharte, ni explicarte, ni creer.
Es más simple. Cada vez. El amor crece más allá, aún, de las emociones.


Pablo Rego ©2014