
«Gam zu letova —esto también es para bien—», repetía Rabbi Nachman de Breslov, y esas palabras, con el correr de los años, dejaron de ser una cita lejana para convertirse en una suerte de mantra íntimo, un murmullo que me habita y me invita, casi a regañadientes, a buscar en el dolor la semilla de una transformación.
A lo largo de los siglos, la historia de mi pueblo estuvo hilvanada por el exilio, la persecución y el renacimiento. Pero para mí esa épica no habita en los libros de historia, sino en la memoria oral que respiré en mi propia casa, donde cada pena y cada distancia terminaban resignificándose como parte de un camino hacia algo mayor. Ese saber no se teorizaba: se transmitía de generación en generación, moldeándose en la intimidad de las familias que, puestas frente a lo inexplicable, aprendieron a descubrir en cada pérdida una hendidura por donde pudiera colarse la luz.
El origen de todo esto, para mí, tiene el rostro de mi abuela. Llegó de Polonia en 1925, cuando apenas tenía cuatro años y el corazón le latía al ritmo del yidis. Arribó a esta tierra argentina cargando no solo la promesa incierta de un futuro distinto, sino la sustancia viva de una tradición oral que encontraba en las palabras un refugio insustituible para el alma.
El yidis, la lengua de sus padres, se le impregnó en el cuerpo y brotaba después en refranes y modismos que, aun al amalgamarse con nuestro castellano rioplatense, jamás perdieron su gravidez ni su misterio. Recuerdo cómo el lamentoso «vey iz mir» se fue volviendo entre nosotros un casero y entrañable «veicemir», una interjección que condensaba la fragilidad y cierta resignación antigua. Pero también estaban los otros dichos, los que enseñaban que despojarse de lo material era a veces el abono indispensable para cosechar bendiciones más altas. Todavía escucho en el eco de aquel «aca pure» la huella de una sabiduría que me enseñó a comprender que las pruebas, lejos de ser mero infortunio, forman parte de una trama donde cada revés entraña un sentido insospechado.
Aprendí así que esta manera de estar en el mundo hunde sus raíces en una resiliencia obstinada. Mi gente fue testigo de cómo la adversidad, en lugar de doblegar el espíritu, lo empujaba a reinventarse desde lo más hondo. El hasidismo, con su mística cotidiana, me enseñó a no temerle a la sombra, sino a buscar la chispa oculta en el sufrimiento. Cada dificultad se transformaba, entonces, en un llamado a la templanza. Esa memoria hablada, ese tesoro susurrado al oído en la mesa familiar, fue el vehículo que me sostuvo en la certeza de que, en el saldo final de la existencia, las pérdidas no son nunca el desenlace, sino el preludio de algo más hondo.
Pienso en la odisea de los míos al desembarcar en estas latitudes. En esta Argentina fecunda y exigente, esa capacidad para reinterpretar la pena se volvió una herramienta de supervivencia diaria. Las frases que rodaban en las sobremesas familiares no eran meros modismos: eran pequeños himnos de resistencia, recordatorios de que, incluso en el desgarro de la lejanía, late la promesa de una redención. La belleza de esa herencia tiene su origen en cómo el lenguaje, al mestizarse, supo guardar en su pronunciación la impronta del pasado y, al mismo tiempo, proyectarme hacia el porvenir.
Comprendí con el tiempo que aquello que a simple vista parecía una distorsión fonética —como el lejano murmullo de «aca pure»— era en verdad la encarnación de una filosofía de vida. Una perspectiva que nos permitió, a través de los años, mirar a la cara a la incertidumbre y transmutar el dolor en gratitud. Es la mirada que, a pesar de las cicatrices, se dispone a aceptar que lo que se desvanece deja siempre el espacio abierto para lo que está por venir. En cada palabra que pronuncio y en cada memoria que atesoro, siento palpitar la fuerza de una estirpe que supo hallar en lo fugaz el germen de la eternidad.
Al fin y al cabo, compruebo a diario que en cada final se agazapa el comienzo de otra cosa, y es justamente en este latido incesante entre lo que perdemos y lo que nos es concedido donde he llegado a reconocer la verdadera grandeza de nuestro espíritu.
Pablo Rego ©2025

